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domingo, 29 de julio de 2007

XACINTO: AcciónDeGracias

Abdominales con el manual de bioquímica apoyado en el pecho,
Matthew Bellamy cantando Starlight
y la Biblia abierta encima del escritorio;
quizá por Juan 8, 7;
quizá por el Libro de la Sabiduría
(judaísmo escrito en griego de Alejandría,
un siglo antes de la Encarnación).
Cerca,
la agenda recuerda las fechas que ningún amigo debe olvidar,
para hacer triunfar la única Revolución que me motiva.
Los aprendizajes de mi joven amada,
a modo de cuadros inconclusos,
decoran nuestra hipoteca de 20 m2.
Porque creemos en la indisolubilidad del matrimonio,
pronto nos haremos pareja de hecho.
He dejado de tomarme en serio el nihilismo
(esa excusa perfecta para todas las adolescencias,
pero no para dejar de cobrar el paro).
Disfruto de las potencias de la somaticidad disciplinada,
antes de que se disuelva la mielina de mis axones
(algún día recordaré con nostalgia
nuestras agotadoras carreras por la Dehesa de la Villa).
Y cruzo corriendo la Castellana,
Aristóteles mareándose en la mochila,
con la deportiva esperanza de bajar mi marca personal
entre la portería y nuestro hogar.
Brindo con Ribera del Duero
porque un amigo ha decidido abandonar la queja,
aceptando que el fracaso es un final posible,
abrazando el riesgo a ser derrotado nuevamente.
Y doy gracias a Dios,
(cajón de sastre para todos los abismos)
sabiendo que vendrán días menos alegres,
en los que será más difícil gozar de la virtud necesaria
para agradecer todo lo que me ha sido regalado.

jueves, 7 de junio de 2007

ElInventarioDeAlmas


En tinieblas, Léon Bloy, 1917 (ElCobre Ediciones, 2006, pg. 91)
"Saber dónde estamos en lo espiritual, lo que aún puede quedar de la riqueza de antaño, lo poco o mucho que podemos esperar o temer del mañana, si es que nos es dado afrontar algún mañana; tal es la tarea que hay que emprender en un momento en que se manifiestan traiciones inconcebibles, en que se han descubierto o se sospechan las artimañas más negras por doquier, ante el enorme estupor de las gentes sencillas a quienes les gustaría suponer al menos un mínimo de pudor en los políticos y en las autoridades a las que han otorgado su confianza.Y he aquí que de repente asistimos a la más trivial de las prácticas comerciales. Y sin embargo se trata de almas, de puras y simples almas, pero se tasan, se pesan, se les pone precio cual mercaderías. Las hay que están a la venta y su número causa espanto, pero sólo unas pocas tienen salida, quedándose las más sin vender. No salen las cuentas.Hay ruinosas existencias de almas de segunda mano que nadie quiere, que amenazan con atestar los almacenes y que habrá que liquidar con pérdidas, traspasándolas a los traperos, negocio fallido, pues costaron a precio de oro. Hay otras que, sin ser despreciadas por los eventuales compradores, tienen difícil colocación, no se sabe muy bien por qué. Y otras, en fin, que se pueden contar con los dedos de la mano, que no están por suerte a la venta y que despiden con cajas destempladas a los compradores, cualquiera que sea la oferta. Artículos rarísimos merecedores de premios en exposiciones universales o dignos de exhibirse en escaparates, dada la necesidad de llamar la atención de la clientela.A pesar de ser inmortales, hoy sólo se toma a las almas por mera mercancía, buena o mala, de mediana o de pésima calidad, ruinosa o lucrativa; se han convertido en materia de especulación para la mayoría y son la levadura de la astucia más aplicada, pues el diablo se aloja en el vientre de los especuladores. Se trata de un negocio tan antiguo como el mundo, pero que ha crecido extraordinariamente, generalizándose desde hace tres años por obra del ejemplo y el trato de los alemanes. No obstante, lo reitero, se necesita una profunda astucia.Se da el caso de pagar en exceso por una alma cualquiera de la que nos encaprichamos y que no podremos colocar a un chalán alemán, pues hasta los boches más brutos conocen el paño. La menor insinuación de belleza, la más mínima tacha de virtud, se les revela al instante.Otras veces creeremos aprovechar la ocasión única que proporciona el apremio de una liquidación aparente anunciada a bombo y platillo, maniobra audaz de un estratega de la especulación que inunda el mercado con cantidades increíbles de género devuelto.Comprenderemos al punto que el comercio de almas es extremadamente peligroso para el crédito. Los mismos boches pueden sentirse defraudados, pues las almas son en ocasiones mercancía viva, dispuesta a la acción y a vengarse de sus explotadores. "¿Cómo quiere que ese hombre no sea rico? -dijo alguien de Talleyrand-; ha vendido a todos cuantos lo han comprado", aunque, dicho sea de paso, cuesta mucho suponer un alma a Talleyrand, pero el término tiene alguna importancia y merece ser meditado.El inventario que imagino sin aconsejarlo a nadie es en verdad lo más complicado que hay en el mundo; tanto es así, que sólo Dios es capaz de hacerlo, justamente Dios que no tiene la condición de comerciante. Resulta incompatible con su eternidad. No teniendo principio ni fin, las operaciones a plazo le están vedadas, y no hay más que decir.Una sola vez rescató todas las almas, sin hacer acepción, y cada una de ellas a un precio exorbitante, dejándoles, es cierto, la libertad para revenderse a sí mismas cual reses desahuciadas. Asistimos hoy a la feria sin igual de las almas, en la que no podemos esperar encontrar a Dios. ¿Cómo podría Él estar presente? Con lo que se comercia es con la Sangre de su Hijo, la preciosísima Sangre de su Hijo derramada para la salvación de todo el género humano. "En mi Agonía, pienso en ti, esa gota de sangre va por ti." Esa gota que veía el pobre Pascal no es sino el precio de cada una de las almas de los hombres. Chicas o grandes, por todas ha habido que abonar un precio exorbitante. El alma de un necio o de un pillastre, el alma de un espía o de un traidor que se cree pagado con una suma ínfima, tiene un valor real infinitamente superior al de todos los mundos juntos, y Dios no tiene nada que hacer con ese populacho mercantil que le ultraja vilipendiándolo hasta el horror.Él permanece en su cielo, escuchando el cántico sobrenatural de María, el canto eterno conocido como Magnificat, con el que esta Madre que contiene su Brazo le habla sin cesar de su Misericordia y de su Poder, haciéndole notar entre súplicas que aún no ha enaltecido a los humildes ni saciado a los hambrientos y que acaso los hombres esperan, para adorarlo, el cumplimiento de sus promesas. Lo adormece por algunas horas, arrullándolo como antaño en la humilde morada de Nazaret. Pero la Predilecta del Espíritu Santo no puede contenerlo más, sabe de sobra que no cabe pedir a su Hijo que repita la Pasión para salvar a Judas, más presentable sin duda que los traficantes de almas, pues él al menos devolvió las monedas."

Biología:RazónYMito


Del libro Ocho hitos de la evolución, de los teóricos de la evolución John Maynard Smith y Eörs Szathmáry (Metatemas, 2001, pg. 228).
"Al igual que en las demás transiciones descritas en este libro, el surgimiento de la sociedad moderna requiere la cooperación de entidades que en el pasado eran independientes y competían. Poblaciones de unos cuantos cientos de individuos a lo sumo, con poca división del trabajo excepto, probablemente, la ligada al sexo, han sido sustituidas por sociedades de muchos millones de individuos, que dependen de una amplia división del trabajo. La cooperación depende tanto de la formulación racional de leyes, o contratos sociales, en interés común como del mito y el ritual que infunden la lealtad de grupo. Por desgracia, la razón puede conducir con demasiada facilidad al egoísmo antisocial, y la lealtad de grupo a la xenofobia irracional. Necesitamos crear sistemas legales en los que el interés propio no conduzca a la destrucción social, y mitos que extiendan la lealtad de grupo a la especie humana en su conjunto."

Sobre"ElHombreQueFueJueves"

"[En mi juventud] todavía estaba esclavizado por aquella pesadilla metafísica de contradicciones entre mente y materia, por la perversa imaginería del mal y el peso de los misterios del cuerpo y el cerebro, pero para entonces ya me había rebelado contra ellos e intentaba construir una cosmología más saludable, aunque me pasara de la raya en lo relativo a la salud; incluso me califiqué a mí mismo de optimista porque estaba a un paso de ser un pesimista. Esa es la única excusa que puedo ofrecer. Toda esta parte del proceso fue después recogida en la informe forma de una novela titulada El hombre que fue jueves. En su momento, el título llamó mucho la atención y los periodistas hicieron bromas. Algunos, al referirse a mis supuestas opiniones jocosas, simulaban confundirlo con "El hombre que fue nueves". Otros suponían naturalmente que Jueves era el hermano negro de Viernes. Y también los había que, con mayor perspicacia, lo trataban como un título totalmente anárquico como "La mujer que fue ocho y media" o "La vaca que fue mañana por la noche". Pero me interesa lo siguiente: apenas nadie entre quienes leyeron el título parece haber mirado el subtítulo -"Una pesadilla"- que respondía a muchísimas preguntas de la crítica.'Hago aquí una pausa porque esto es hasta cierto punto importante para comprender aquella época. Me han preguntado con frecuencia qué significado tiene en esta obra la monstruosa pantomima del ogro que recibe el nombre de Domingo; algunos han sugerido, y en cierto sentido no sin razón, que representaba una versión blasfema del Creador. Pero la cuestión es que toda la historia es una pesadilla sobre las cosas, no tal como son, sino como le parecían al joven ligeramente pesimista de los años noventa; y el ogro, que aparece brutal pero que también es, en el fondo, benevolente, no es tanto Dios, en un sentido religioso o antirreligioso, sino la Naturaleza a los ojos de un panteísta cuyo panteísmo naciera del pesimismo. En cuanto al sentido de la historia, intentaba empezar pintando un cuadro negro del mundo y avanzar hasta dar a entender que el cuadro no era tan negro como se había pintado en un principio. Ya he explicado que todo esto era fruto del nihilismo de los noventa, patente ya en la dedicatoria que escribí a mi amigo Bentley, quien había vivido una etapa y unos problemas parecidos, y en la que preguntaba retóricamente: "¿Quién puede comprenderlo sino tú?" Un crítico respondió con mucha sensatez diciendo que si nadie salvo Mr. Bentley entendía el libro, no parecía razonable pedir a otros que lo leyeran.'Pero hablo de ello aquí porque, aunque sucedía al principio de la historia, estaba destinado a significar otra cosa antes del final de la novela. Sin aquel lejano efecto final, el recuerdo puede parecer tan absurdo como el libro, pero de momento sólo puedo dejar aquí constancia de los dos hechos que, de alguna forma y en cierto sentido, conseguí ratificar. En primer lugar, intentaba de una manera vaga fundar un nuevo optimismo, no sobre el máximo bien sino sobre el mínimo. No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía -al borde del asesinato- el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno. En segundo lugar, incluso en los primeros tiempos y por los peores motivos, yo ya sabía demasiado como para fingir que me libraba del mal. Al final, introduje un personaje que, con total comprensión de lo que hace, realmente rechaza y desafía al bien. Mucho después, el padre Ronald Knox, con aquel modo suyo tan singular, me dijo que estaba seguro de que usarían el resto del libro para probar que yo era un panteísta y un pagano, y que los futuros críticos demostrarían fácilmente que el episodio del Acusador era una acotación escrita por algún cura.'Ese no era el caso, sino realmente todo lo contrario. En aquella época, me habría molestado tanto como cualquier otro escritor en millas a la redonda si hubiera descubierto que un cura se metía en mis asuntos o hacía acotaciones a mis manuscritos. Escribí aquella declaración en la novela para dar testimonio del peor pecado (el imperdonable pecado de no desear ser perdonado), no porque lo hubiera aprendido de algunos de los millones de curas que nunca había conocido, sino porque lo había aprendido de mí mismo. Yo ya estaba bastante seguro de que, si lo deseaba, podía apartarme de la vida completa del universo. Cuando le preguntan a mi esposa quién la convirtió al catolicismo, siempre responde: "el diablo".'Pero todo aquello sucedió tanto tiempo después que no guarda relación con la filosofía llena de vacilaciones y conjeturas de la novela en cuestión. Preferiría citar el homenaje de un hombre totalmente distinto que fue, no obstante, uno de los pocos que, por una u otra razón, han sacado algo en limpio de esta desgraciada historia de mi juventud. Era un distinguido psicoanalista de los más modernos y científicos, no un cura, ni mucho menos; podríamos decir como el francés al que le preguntaron si había almorzado en el bote: "au contraire". No creía en el demonio, Dios no lo quisiera, si es que existía algún Dios para quererlo. Pero era un entusiasta y vehemente estudioso de su especialidad, y me puso los pelos de punta cuando me comentó que había encontrado muy útil aquella novela mía de juventud como remedio para sus pacientes más patológicos; sobre todo, el proceso por el que los anarquistas más diabólicos resultan ser buenos ciudadanos disfrazados. "Conozco unos cuantos hombres que casi se volvieron locos -dijo gravemente-, pero se salvaron porque habían entendido realmente El hombre que fue jueves." Es posible que fuera generosamente exagerado y por supuesto, es posible que él mismo estuviera loco, pero entonces también lo estaba yo. Confieso que me halaga pensar que, en aquella época mía de locura, pude resultar de alguna utilidad a otros lunáticos."
De la "Autobiografía" de Gilbert Keith Chesterton (ed. Acantilado), pgs. 112-115.

AsesinadoElCapitánAmérica


Nueva York, 8 mar (EFE).- El Capitán América, el enmascarado superhéroe de la editorial de cómics Marvel que luchó contra los nazis, el crimen y la corrupción, ha muerto en Nueva York a los 66 años, asesinado por oponerse a una ley antiterrorista del Gobierno.Su muerte este miércoles cuando se puso en venta el último ejemplar del cómic ha causado conmoción, según recoge hoy la prensa local, entre los miles de seguidores de este soldado nacido en 1941 y que combatió la corrupción política en la era Watergate.El Capitán América, cuya verdadera identidad era Steve Rogers, cayó acribillado por un francotirador frente a un tribunal en Nueva York, una dramática escena en la que se ve sangre fluir de su uniforme estampado con los colores de la bandera de Estados Unidos.El "centinela de la lucha por la libertad y los derechos" fue asesinado por negarse a aceptar una ley antiterrorista promulgada por el Gobierno que ordena a los superhéroes entrenarse de manera similar a los militares y policías.La ley suscitó crispación política entre los superhéroes, que derivó en la formación de dos facciones: una de oposición, liderada por el Capitán América, y otra pro gubernamental, conducida por el Hombre de Hierro.El Capitán América, que consideraba la legislación una erosión de las libertades civiles, decide emprender una lucha judicial contra ella, pero lo que consigue es la muerte, presuntamente a manos de una agente de inteligencia enamorada de él.Pero como sucedió con Supermán en 1993, es muy probable que el Capitán -que ya sobrevivió congelado desde la época de la II Guerra Mundial hasta los años 60- resucite y regrese en unos capítulos más, ya que el cómic seguirá publicándose con historias relacionadas con la reacción de otros personajes a su muerte.Según los ejecutivos de Marvel, "el Capitán América es un disfraz, y hay otros que podrían vestirlo".Por lo pronto, lo que es cierto es que su trágica muerte ha hecho que reviva el interés por el personaje, que venía perdiendo popularidad frente a colegas justicieros como Supermán, Spiderman, Batman y Los Cuatro Fantásticos.El Capitán América, creado por Joe Simon y Jack Kirby como instrumento de propaganda política en plena guerra mundial, ha aparecido en unos 210 millones de revistas en 75 países, pero las ventas en EEUU han caído de 150.000 ejemplares en su época de apogeo a 80.000 en la actualidad.

BuenoSobreKant


Antes de que mis amistades kantianas consideren este envío como un insulto -cuya consecuencia última sólo puede ser elegir armas en el campo del honor-, quede claro que este texto no expone mi postura al respecto (pues "postura" es una palabra demasiado firme para mis vaguedades); pero sí me resulta terriblemente "curioso" y deseaba compartirlo con todos vosotros. Digamos que es un texto "estimulante". Si alguien tiene algo que decir sobre la tesis de Bueno, espero que tenga el tiempo y las ganas suficientes para hacérnoslo llegar a los demás. Me muero de curiosidad.


"Y esto es lo que hizo Kant: "legitimar" ante el racionalismo materialista ilustrado, que se alimentaba de las nuevas ciencias emergentes (la Mecánica, la Biología, la Antropología), la concepción tradicional espiritualista cristiana, del Alma, del Mundo y de Dios. La "legitimación" se lleva a cabo interpretando los resultados de la Crítica de la Razón Pura como orientados, no ya a destruir (como pretendía el materialismo) la fe tradicional en el Alma inmortal, en el orden cósmico armónico, o el Dios justo (que el dogmatismo de la metafísica tradicional pretendía demostrar científicamente), sino a poner coto a las pretensiones del materialismo, un coto tan firme como se lo ponía el dogmatismo de la metafísica tradicional.Kant, una vez presentada su crítica a la metafísica espiritualista tradicional, y una vez presentada la crítica al materialismo (considerado también como metafísico), cree haber logrado "levantar una muralla" capaz de defender, contra el materialismo, la fe en el Alma, en el Mundo y en Dios. Con razón ha sido considerado Kant como el verdadero fundador, avant la lettre, del "agnosticismo", pero en un sentido aún más profundo del que dio a este término su creador, Th. Huxley. Huxley entendió el agnosticismo, ante todo, como "agnosticismo positivo", es decir, como suspensión del juicio ante la dogmática positiva revelada de una Iglesia determinada. Pero el "agnosticismo de Kant" se establece en un terreno más abstracto (compatible con el antignosticismo, con la crítica a toda revelación, tal como se desarrolla en La Religión dentro de los límites de la razón pura [sic]). Por ello, el agnosticismo de Kant es, si cabe, más insidioso que el agnosticismo positivo de Huxley. (...)Del agnosticismo de Kant podría decirse que estaba llamado a suministrar la cobertura ideológica de las sociedades capitalistas, irracionalistas, pero no materialistas; de las sociedades tolerantes, pacifistas. También de las democracias cristianas, y de la Iglesia aggiornata que, una vez pasada la primera reacción contra Kant, verá en Kant un aliado contra el materialismo.(...) De todo lo cual podríamos concluir que una de las tareas principales que el materialismo filosófico tiene que asumir en este bicentenario de la muerte de Kant sigue siendo la tarea de demolición del sistema del idealismo transcendental, si es verdad que este sigue aún vivo entre nosotros. Este es nuestro homenaje a Kant: reconocerle su vigencia y redefinir al materialismo filosófico como un sistema que sólo toma su verdadera conciencia de sí mismo por su oposición al idealismo kantiano.""Confrontación de doce tesis características del sistema del Idealismo trascendental con las correspondientes tesis del Materialismo filosófico", Gustavo Bueno, El Basilisco, 2ª época, nº 35, 2004, pg. 40.

PreparándonosParaLaBatalla


Preparándonos para la batalla de las praderas de Chestertonshire: trabajos de intendencia y primeras encamisadas"Lamento no tener un padre siniestro y brutal que ofrecer a la mirada pública como la verdadera causa de mis trágicas inclinaciones; ni una madre pálida y aficionada al veneno, cuyos instintos suicidas me hayan abocado a las trampas del temperamento artístico. Lamento que no hubiera nadie en mi familia más audaz que un tío lejano ligeramente indigente y siento no poder cumplir con mi deber de hombre verdaderamente moderno y culpar a los demás de haberme hecho como soy. No tengo muy claro cómo soy, pero estoy seguro de que soy responsable en gran medida del resultado final.""Autobiografía" (pg. 31 de la edición de Acantilado), de Gilbert Keith Chesterton; hombre cuyo proceso de canonización fue iniciado el pasado año por el Papa Benedicto XVI.

EntretenidaDiscusiónSobreLaContradicción


WITTGENSTEIN: ...Think of the case of the Liar. It is very queer in a way that this should have puzzled anyone - much more extraordinary than you might think... Because the thing works like this: if a man says 'I am lying' we say that it follows that he is not lying, from which it follows that he is lying and so on. Well, so what? You can go on like that until you are black in the face. Why not? It doesn't matter... it is just a useless language-game, and why should anybody be excited?TURING: What puzzles one is that one usually uses a contradiction as a criterion for having done something wrong. But in this case one cannot find anything done wrong.WITTGENSTEIN: Yes - and more: nothing has been done wrong... where will the harm come?TURING: The real harm will not come in unless there is an application, in which a bridge may fall down or something of that sort.WITTGENSTEIN: ... The question is: Why are people afraid of contradictions? It is easy to understand why they should be afraid of contradictions in orders, descriptions, etc., outside mathematics. The question is: Why should they be afraid of contradictions inside mathematics? Turing says, 'Because something may go wrong with the application'. But nothing need go wrong. And if something does go wrong - if the bridge breaks down - then your mistake was of the kind of using a wrong natural law...TURING: You cannot be confident about applying your calculus until you know that there is no hidden contradiction in it.WITTGENSTEIN: There seems to me to be an enormous mistake there. ... Suppose I convince Rhees of the paradox of the Liar, and he says, 'I lie, therefore I do not lie, therefore I lie and I do not lie, therefore we have a contradiction, therefore 2*2=369.' Well, we should not call this 'multiplication', that is all...TURING: Although you do not know that the bridge will fall if there are no contradictions, yet it is almost certain that if there are contradictions it will go wrong somewhere.WITTGENSTEIN: But nothing has ever gone wrong that way yet...
De las "Wittgenstein's Lectures on the Foundations of Mathematics, Cambridge, 1939", editadas por Cora Diamond (Harvester Press, 1976).",1]

Chesterón&ElPadreO'Connor


"Había ido a dar una conferencia a Keighley, en los páramos altos del West Riding, y me quedé a pasar la noche en casa de un importante ciudadano de aquella pequeña ciudad industrial; el caballero había reunido a un grupo de amigos locales que, como era de suponer, tenían paciencia con los conferenciantes; en el grupo estaba incluido el cura de la iglesia católica, un hombre pequeño, lampiño y con expresión tímida de duende. Me impresionó el tacto y el humor con los que se relacionaba con una compañía tan protestante y tan de Yorkshire; pronto descubrí que, a su manera algo bravucona, habían aprendido a considerarlo todo un personaje. Alguien me hizo un relato muy divertido de cómo dos gigantescos granjeros de aquel distrito de Yorkshire, a los que se les había encomendado visitar varios centros religiosos, temblaban con indecible terror antes de entrar en el pequeño presbiterio de aquel cura. Tras vencer una gran desconfianza, parece que finalmente habían llegado a la conclusión de que no les haría mucho daño y de que si lo hacía, podían llamar a la policía. Supongo que creían de verdad que tenía la casa equipada con todos los instrumentos de tortura de la Inquisición española. Pero incluso estos granjeros, me dijeron, le habían aceptado desde aquel día como a un vecino más, y a medida que la tarde avanzaba, sus vecinos le animaron a que pusiera en práctica sus magníficas cualidades para entretener. Poco a poco se fue soltando y, cuando me di cuenta, ya estaba en pleno recitado de ese gran poema dramático, ese examen de conciencia titulado "Me aprietan las botas". Aquel hombre me encantó, pero si me llegan a decir que en diez años me convertiría en un misionero mormón de las Islas Caníbal, no me habría sorprendido más que si me hubieran insinuado que, quince años después, estaría haciendo ante él mi confesión general y que él me recibiría en la Iglesia a la que pertenecía.'A la mañana siguiente, él y yo fuimos caminando hasta el otro lado de Keighley Gate, el gran muro de los marjales que separa Keighley de Wharfedale, porque yo quería visitar a unos amigos en Ilkley; al terminar la excursión, tras unas cuantas horas de charla por aquellos páramos, pude presentar un nuevo amigo a mis antiguos amigos. Se quedó a comer; se quedó a tomar el té; se quedó a cenar; no estoy seguro de que, ante la insistente hospitalidad, no se quedara a dormir y, en posteriores ocasiones, pasó allí muchos días y muchas noches; y allí fue también donde habitualmente nos encontrábamos. Fue en una de aquellas visitas cuando tuvo lugar el incidente que me llevó a tomarme la libertad de usarle, es decir, usar una parte de él en una serie de historias sensacionales ["El Padre Brown"]. Pero lo menciono no porque otorgue la más pequeña importancia a esas historias, sino porque tiene una conexión mucho más vital con la otra historia, con la historia que estoy contando aquí.'En el transcurso de la conversación, le mencioné al cura que tenía intención de apoyar en la prensa cierta propuesta, no importa cuál, relacionada con temas sociales bastante sórdidos de vicio y crimen. Me comentó que creía que estaba en un error o, más bien, que yo ignoraba algunas cosas, como realmente así era. Y tan solo por cumplir con su deber y para evitar que me metiera en un lío espantoso, me contó ciertos hechos que él conocía sobre prácticas depravadas, que desde luego no detallaré ni discutiré aquí. En páginas anteriores he confesado que en mi propia juventud había imaginado toda clase de iniquidades, y fue una curiosa experiencia descubrir que aquel tranquilo y agradable célibe se había sumergido en aquellos abismos mucho más profundamente que yo. No me había imaginado que el mundo albergara tales\n horrores. Si él hubiera sido un novelista profesional y hubiera lanzado aquellas porquerías a los estantes de las librerías para que niños y muchachos las leyeran, desde luego se le habría considerado un gran artista creativo y un heraldo de los nuevos tiempos. Como sólo me lo contaba de mala gana, en estricta intimidad, como una necesidad práctica, era, por supuesto, el típico jesuita que susurraba venenosos secretos a la oreja. Cuando volvimos, la casa estaba llena de gente y empezamos a charlar con dos cordiales y saludables estudiantes de Cambridge que habían atravesado los páramos a pie o en bicicleta, poseídos de aquel espíritu austero y vigoroso propio de las vacaciones inglesas. Sin embargo, no eran los típicos deportistas de miras estrechas; les interesaban también otros deportes y, aunque de forma un tanto superficial, también algunas artes; así que comenzaron a hablar de música y del paisaje con mi amigo, el Padre O'Connor. No he conocido nunca a nadie que\n pudiera pasar con tanta facilidad de un tema a otro, ni que tuviera tantas y tan insospechadas fuentes de información y, con mucha frecuencia, sobre todo, información técnica. La charla pronto derivó hacia la discusión de asuntos más filosóficos y morales, y cuando el sacerdote salió de la habitación, los dos jóvenes rompieron en generosas expresiones de admiración diciendo que realmente era un hombre extraordinario y que parecía saberlo todo de Palestrina, de la arquitectura barroca o de cualquier cosa de la que se hablara en aquel momento. Tras unos instantes de silencio reflexivo, uno de los estudiantes estalló de repente: "De todas formas, no creo que la vida que lleva sea la más adecuada. Lo de la música religiosa y todo eso está muy bien cuando se está encerrado en una especie de claustro y no se sabe nada sobre el mal real del mundo. Pero no creo que sea lo ideal. Yo creo en el individuo que sale al mundo, se enfrenta con el mal que hay en él y conoce sus\n peligros. Es muy bonito ser inocente e ignorante, pero creo que es mucho mejor no tener miedo del conocimiento".'En el transcurso de la conversación, le mencioné al cura que tenía intención de apoyar en la prensa cierta propuesta, no importa cuál, relacionada con temas sociales bastante sórdidos de vicio y crimen. Me comentó que creía que estaba en un error o, más bien, que yo ignoraba algunas cosas, como realmente así era. Y tan solo por cumplir con su deber y para evitar que me metiera en un lío espantoso, me contó ciertos hechos que él conocía sobre prácticas depravadas, que desde luego no detallaré ni discutiré aquí. En páginas anteriores he confesado que en mi propia juventud había imaginado toda clase de iniquidades, y fue una curiosa experiencia descubrir que aquel tranquilo y agradable célibe se había sumergido en aquellos abismos mucho más profundamente que yo. No me había imaginado que el mundo albergara tales horrores. Si él hubiera sido un novelista profesional y hubiera lanzado aquellas porquerías a los estantes de las librerías para que niños y muchachos las leyeran, desde luego se le habría considerado un gran artista creativo y un heraldo de los nuevos tiempos. Como sólo me lo contaba de mala gana, en estricta intimidad, como una necesidad práctica, era, por supuesto, el típico jesuita que susurraba venenosos secretos a la oreja. Cuando volvimos, la casa estaba llena de gente y empezamos a charlar con dos cordiales y saludables estudiantes de Cambridge que habían atravesado los páramos a pie o en bicicleta, poseídos de aquel espíritu austero y vigoroso propio de las vacaciones inglesas. Sin embargo, no eran los típicos deportistas de miras estrechas; les interesaban también otros deportes y, aunque de forma un tanto superficial, también algunas artes; así que comenzaron a hablar de música y del paisaje con mi amigo, el Padre O'Connor. No he conocido nunca a nadie que pudiera pasar con tanta facilidad de un tema a otro, ni que tuviera tantas y tan insospechadas fuentes de información y, con mucha frecuencia, sobre todo, información técnica. La charla pronto derivó hacia la discusión de asuntos más filosóficos y morales, y cuando el sacerdote salió de la habitación, los dos jóvenes rompieron en generosas expresiones de admiración diciendo que realmente era un hombre extraordinario y que parecía saberlo todo de Palestrina, de la arquitectura barroca o de cualquier cosa de la que se hablara en aquel momento. Tras unos instantes de silencio reflexivo, uno de los estudiantes estalló de repente: "De todas formas, no creo que la vida que lleva sea la más adecuada. Lo de la música religiosa y todo eso está muy bien cuando se está encerrado en una especie de claustro y no se sabe nada sobre el mal real del mundo. Pero no creo que sea lo ideal. Yo creo en el individuo que sale al mundo, se enfrenta con el mal que hay en él y conoce sus peligros. Es muy bonito ser inocente e ignorante, pero creo que es mucho mejor no tener miedo del conocimiento".'Para mí, que aún temblaba casi con los pasmosos datos prácticos de los que el sacerdote me había advertido, este comentario me pareció de una ironía tan colosal y aplastante que a punto estuve de estallar de risa en aquel mismo salón, pues sabía perfectamente bien que, comparado con la maldad concentrada que el sacerdote conocía y contra la que había luchado toda su vida, aquellos dos caballeros de Cambridge sabían tanto del mal real como dos bebés en el mismo cochecito."
"Autobiografía", de Gilbert Keith Chesterton (ed. Acantilado); pgs. 371-374.\

Teología&Biología


"A few months after starting this book, I attended a conference on the relation between the brain and the soul, sponsored by (fittingly enough) the Vatican.(...) Much to my surprise (...) many of the theologians attending this meeting didn't believe in a classic nonmaterial soul (this would probably be an even bigger surprise to the faithful they represent). Instead, they seemed to accept the principle that the mind is inexorably tied to the brain, and they consequently believed in a soul that is pretty much one and the same as the neurally mediated mind, a part of the physical world that must by its nature obey the laws of physics.If the soul is equivalent to the mind, and the mind depends on the functioning of the brain (...) where is the soul hanging out while the body decays in the interim between death and Judgment Day? Not surprisingly, the Vatican conference ended inconclusively. No matter how all the pieces of the puzzle were moved around, they didn't fit together to make a coherent picture. As the philosopher David Hume said long ago, logic and reasoning (and presumably science) cannot explain the immortality of the soul. Either you believe or you don't.My reason for discussing this conference and the issues it raised is not so much to argue the point that it would be difficult, and maybe impossible, to find scientific solutions to theological riddles, but rather to demonstrate that a spiritual view of the self isn't (or doesn't have to be) completely incompatible with a biological one. Whatever else we are and aren't, much of what we are is accounted for by what goes on in our brains. Some theologians, as we've seen, have come to accept this. But even people who believe in an immaterial soul that survives death have acknowledged the fact the normal functioning of the soul depends on the brain. Shakespeare embraced this notion when he called the brain the soul's frail dwelling. A few minutes with my mother, a devout Catholic with Alzheimer's disease, makes it painfully clear just how fragile the soul's dwelling is."Joseph LeDoux, "Synaptic Self", pgs. 14-16.

TesorosOlvidados

"En las bodas del Cuerpo y el Alma,siendo ella eterna y siendo él mortal,sólo un hijo que es de ambos, la Vida,es quien los tiene, forzados, en paz"Del auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca, "El pleito matrimonial del Cuerpo y el Alma".

DemasiadoPunzanteIdiota


‘Te dije que eso era demasiado punzante, idiota. ¡Mira lo que has conseguido!’
La sabana enrojecía a ritmo de hemorragia.
‘Me parece que se acabó lo que se daba’, dijo él.
Ella le miró con gesto de sorpresa irónica.
‘¿Y ahora qué? ¿Cuánto vamos a tardar en conseguir otro como éste?’
‘Hay muchos ecuatorianos en el barrio…’, dijo él, con una media sonrisa.
‘¡¿Ecuatorianos?!’, gritó ella. ‘¿Y, ya que estamos, por qué no vamos al zoo, a robarle una cría a mamá chimpancé?’ Su mirada se dirigió hacia la cama, nuevamente. Se sentó al lado de la mancha y dijo: ‘Mira qué piel más blanca… Y qué lindos ojos azules.’
‘Bueno, ahora ya no se puede hacer nada… ¿Voy encendiendo el horno?’, dijo él, mientras comenzaba a andar hacia la cocina.
De repente, la puerta de la calle se abrió, al tiempo que retumbaba toda la casa.
‘¡Policía, manos arriba!’
‘¡Las putas manos arriba, vamos!’
‘¡Dios mío!...’
Inmovilizaciones aprendidas en la academia, armas apuntando a puntos vitales.
‘¡Dios mío!...’
‘¡Me cago en Dios! ¡Me cago en Dios! ¡Me cago en Dios!’
Nervios, náuseas.
‘¡¿Qué habéis hecho?! ¡¿Qué habéis hecho, monstruos?!’
Se escapa un puñetazo, alguna que otra patada.
Un policía se arrodilla ante la cama; se quita el casco; deja la ametralladora; vomita; llora; vomita; llora…
‘¡Dios mío!...’
‘¡Me cago en vuestra puta madre! ¡Me cago en vuestra puta madre! ¡Os tenía que pegar un tiro a los dos, ahora mismo! ¡Me cago en mi puta madre!’
Algún que otro puñetazo más, alguna que otra patada más.
El policía arrodillado sigue llorando, hipando, gesticulando, como si quisiera acariciar al bebé, como si no quisiera mancharse con el mal absoluto.
Entra el comisario.
‘¡Me cago en vuestra puta madre!’
‘García’, dice el comisario, mientras se enciende un cigarro, ‘fuera’.
Se fija en la cama. Ve a su policía, arrodillado. Se acerca, apoya una mano en su hombro. Él le mira, los ojos enrojecidos, perdidos.
‘Date una vuelta, Robles’.
Un compañero se acerca, para ayudar a Robles a abandonar la habitación.
El comisario les sigue con la mirada hasta la puerta. Después, mira a su alrededor. Busca una silla. Se sienta, con los ojos fijos en el centro de la cama. Las manos cerca de la boca, como si rezara.
‘…tarde, tarde, tarde…’
Pausa cósmica.
‘Señor, los paquetes están listos’, le dice uno de los chicos.
Por primera vez, se fija en la pareja.
‘Normales, como siempre…’, piensa.
Les mira a los ojos, pero sus ojos se esconden.
‘Vámonos’
La comitiva se dirige a Madrid. El comisario tiene la mirada perdida en el horizonte castellano. García se retuerce en el asiento de atrás; de vez en cuando, golpea el asiento con sus puños.
Tráfico en Madrid. Manifestación contra el imperialismo: tropas fuera de Irak, Afganistán, Líbano. Gritos de ‘¡Policía, asesina!’ García se ha quedado dormido. El comisario mira a los manifestantes, fijándose en cada una de las caras, sobre todo en las de los jóvenes. Pero no dice nada. García duerme.
‘No nos quieren decir la clave del ordenador; e insisten en que venga su abogado lo antes posible’.
El comisario deja escapar un suspiro, mientras acerca el café a su boca.
García se muerde las uñas.
‘Señor, sabemos que unos conocidos suyos van a realizar un secuestro en breve; si investigamos el ordenador…’
‘Ya’. Otro sorbo de café. ‘¿Y los de informática?’
‘Dicen que el programa de protección es muy jodido’.
García empieza a moverse por el cuarto. El comisario lo sigue con la mirada, un par de segundos.
‘¿Señor?’
El comisario se sienta; las manos cerca de la boca, como si rezara.

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